La aparición de internet, y sobre todo, de la web 2.0 ha supuesto una inflexión en lo que al marketing se refiere. Hasta su irrupción, las empresas se centraban en la publicidad como forma de comunicación con sus clientes, sin embargo, hoy la fórmula ha cambiado.


El usuario de internet no es alguien al que puedas bombardearle con publicidad. Este es uno de los problemas a los que se han enfrentado los medios de comunicación tradicionales con sus ediciones online. El cliente no es pasivo, sino selectivo. No está ahí para que puedas venderle lo que quieras, sino que tienes que ir a buscarlo.

Y la mejor forma de encontrarlo es saber dónde está y qué es lo que busca y desea. Enganchar al cliente no es tarea fácil. Es una labor parecida a la pesca tradicional. No te queda más remedio que saber cuál es tu pez, qué es lo que come y como atraerlo hasta tu caña. Si somos lo suficientemente inteligente lo atraparemos, e incluso atraerá a otros peces hacia nuestro espacio.

Por supuesto, esta no es una tarea dañina, sino simbiótica, en la que el cliente recibe algo que desea o necesita. Esa necesidad o deseo se materializa en contenidos informativos, formativos o de ocio. En la medida en que cumplamos sus expectativas, mejor imagen tendrá de nosotros, y habrá más posibilidades de que esa imagen se convierta en una relación económica.

Además de este objetivo, el marketing de contenidos cumple una función de técnica. Esta función se concreta en el propio funcionamiento de los buscadores, en lo que a posicionamiento online se refiere. Los buscadores fagocitan contenidos. En la medida que actualizamos nuestra página con contenidos, los buscadores los encuentran y valoran de forma positiva la calidad de los mismos.

Hoy no entraremos en cuales son los parámetros que utilizan, pero su principio básico es que una página que no crece no es interesante. Y ese crecimiento se valora en la cantidad de contenidos, y en cómo se relaciona con el entorno. A los buscadores les encanta las relaciones y los enlaces.